Entrevista a ministro Luciano Cruz-Coke: Un liberal en la cultura

Fuente: Revista PAULA. Por Andrea Moletto

Habla a mil por hora. Son tantos los proyectos en la mente del ministro que no le alcanza el tiempo para nombrarlos. Todos se resumen en una idea: que el impacto de los productos culturales que financia el Estado sea medido y evaluado. Que no se apoye sólo a los artistas, sino también se subsidie al público.Y que para eso se busquen alianzas con la empresa privada. Todo esto sin censuras y después de que termine de pagar las deudas.

Ha estudiado, sabe cifras, habla con propiedad, usa el plural más que el singular, es preciso, pragmático y entusiasta. Luciano Cruz-Coke (40 años, casado, 3 hijos) es mucho más ministro de lo que se pudiera pensar si se recuerdan sus años de actor en teleseries como Amor a domicilio -su primer protagónico en 1995-, Adrenalina, Destinos cruzados y una de las últimas, Una pareja dispareja, la sitcom que protagonizó con Felipe Braun, su amigo y ex socio en el teatro y espacio cultural Lastarria 90. A la lista se suman una veintena deobras de teatro y películas.

Ahora Luciano Cruz-Coke, el actor que se perfeccionó en el instituto Lee Strasberg de Nueva York y se tituló del Magister de Comunicación Política en la Universidad de Chile, viste el enorme poncho que le toca al ministro de Cultura, que, para ser precisos, no está a cargo de un ministerio sino que es presidente del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, una institucionalidad que existe apenas desde 2003 y que es compleja. Él, dice, sabía desde hace tiempo que esto no iba a ser fácil. Pero es voluntarioso. «El senador Chadwick me decía: ‘Mis hijas votaron por Bachelet’. Y eso era razonable porque, en la campaña de 2005, Piñera no tuvo un plan cultural, o no al menos uno visible o legitimado entre los artistas. Yo, que vengo de una familia de derecha, fui muy crítico de eso. Ningún plan político se podía sustentar sin un plan cultural. En 2009, sí fuimos exitosos en llevar a la campaña una propuesta», dice sentado en su oficina de la calle Fray Camilo Henríquez, en Santiago.

En estos momentos, tres lapidarios informes de la Contraloría General de la República, 1.400 millones de pesos de deuda y la peor calificación en Dicom tienen al ministro de Cultura en un estricto plan de saneamiento y de orden en su institución. «Estoy repactando, pagando y reordenando. Obviamente preferiría estar metido con proyectos de futuro. Hasta aquí, amí nadie me puede juzgar ni tampoco felicitar», dice. Y si a la agenda de desorden administrativo y de deudas se le agrega el factor terremoto y el respectivo daño patrimonial, es como para deprimirse. Pero Cruz-Coke no se achaca: no es inconsciente de la magnitud de la situación, pero tampoco cree que sea incapaz de superarla.

Habla a una velocidad impresionante. El punto aparte fue escaso durante sus intervenciones en esta entrevista. Y da la sensación de que realmente cree que el trabajo riguroso y metódico es lo único que puede llevar a rendir frutos.

La lista de sus sueños de campaña sigue ahí: doblar el presupuesto para el 2014 (ahora es de 62 mil 733 millones de pesos), posicionar al país en el extranjero, profesionalizar el Fondart, lograr mayor acceso a programas culturales, incorporar a los privados al sector (hoy el financiamiento de la cultura proviene en un 90% del Estado y un 10% de privados). «En Chile la cultura representa menos del 1,3% del producto interno bruto; en los países desarrollados llega al 5%. Gran parte de la percepción negativa que existe respecto del Consejo de la Cultura y las Artes tiene que ver con que muchos de sus proyectos se enfocaron a la fiesta ciudadana. Se hizo una cultura que no tuvo un gran poder de transformación, sino que se basó más en la celebración, en la creación de la fiesta para la entretención de ciertas masas», dispara.

¿Mucho circo?
No quiero que suene peyorativo, porque yo creo que… eh…

Pero no lo dices tú, lo estoy preguntando yo.
Hubo un poco de circo. Cuando generas espectáculos de buena calidad puedes entretener, y eso está bien, pero hay que darle un contenido y un valor asociado.

La Pequeña Gigante, por ejemplo, ¿no te parece una buena idea?
A pesar de que hay opiniones bastantes discordantes al respecto, a mí me parece que tiene un valor agregado, porque es un producto de buena calidad, que está bien hecho, más allá de que es caro. Te pongo un ejemplo: nosotros ahora vamos al sur con Shakespeare y, además, estamos implementando talleres para que la comunidad se acerque a eso.

¿Me estás hablando de densidad cultural?
Sí. Cuando la cultura se instala en los lugares tiene que transformar, no necesariamente generar fiesta y celebración. Debe promover algo social.

¿Cómo se hace para que la cultura transforme?
La cultura es acumulativa, es un esfuerzo constante. Por eso los planes deben estar asociados a generar un sistema, más que grandes eventos. Parte de los problemas del Consejo es que no hemos sido capaces de evaluar el impacto de lo que sucede con nuestros programas.

Mucha obra, mucho premiado, sin comprobar su impacto…
No hemos sido capaces de comprobar su rentabilidad social. Por eso estoy armando unidades de estudio que sean capaces de proveer indicadores y levantar estadísticas confiables. Y, desde allí, hacer políticas públicas efectivas. Queremos evaluar si las 43 líneas de fondos que tenemos son todas necesarias y si necesitamos premiar a tanta personas. Tal vez debemos tener menos productos de mayor calidad y ver qué impacto tienen en la gente.

Existe la sensación de que el Consejo trabaja para los artistas.
Debemos prestar un servicio de excelencia a los artistas. Pero también servir al público que se nutre del trabajo artístico. Tenemos problemas graves con la última etapa de los productos que financiamos. Toda la labor de distribución de los productos culturales que emanan de aquí -películas o libros- quedan en mano del artista. Y el artista quiere hacer su obra, así que destina una parte ínfima para difusión. Si es un escritor, va a la imprenta más barata, publica 200 ejemplares, manda 70 a los amigos, 100 al Fondart (que quedan aquí, en una bodega) y deja dos cajas en su casa. Al final, el libro que ganó un fondo financiado por todos, no llega al público final sino al mismo grupo del artista. Hay que gestionar ese tema.

¿Cuándo te diste cuenta de eso?
Hace tiempo.

¿Quedaste en shock?
Lo sé porque llevo años trabajando en esto y he ganado varios fondos. Déjame explicarte: si manejamos 70 mil millones de pesos al año, debemos hacer, además, una licitación con los sellos, las editoriales, las distribuidoras, las salas de cine. Y que aquel que entregue las mejores condiciones provea al artista de, por ejemplo, una buena edición de los libros.

Parece que la institucionalidad cultural está atrasada en los conceptos. Por ejemplo, Obras Públicas concesiona.
Ahí pueden saltar muchos artistas y decir «Cómo vamos a pensar en término de concesiones»…

¿Los artistas son tus peores enemigos?
No, son mis amigos. Hay muchos artistas que estaban muy disconformes con la forma en que estaban funcionando las cosas. Lo que sucede es que hay una adherencia política que, en parte, los inhibía de atacar algo que igual era bueno. Piensa que hasta 2003 no había una institución cultural. Sólo crearla y darle presupuesto ya es bueno.

¿Por qué hay que financiar a los artistas?
Porque como sociedad hemos convenido que la cultura tiene un valor transformador y que se encuentra en desventaja competitiva frente a otros productos. Pero ojo: no podemos asumir esto en términos paternalistas diciendo que el Estado paga y financia. Tenemos que proveer al gestor -al artista- de las posibilidades de hacerlo mejor, pero por sí mismo. En Chile han aumentado exponencialmente los recursos destinados a la creación de bienes culturales. El problema es que esto no redundó en un aumento de público de la misma envergadura.

 El problema ahora, entonces, no es la oferta sino la demanda.
Importan ambas…

Has hablado de un subsidio a la demanda de bienes culturales. ¿Cómo es eso?
En el País Vasco se hizo un sistema de subsidio para que los jóvenes aumenten su consumo cultural: se financia parte de la compra de un libro, de la entrada al teatro, del cine. Se hace un acuerdo con la empresa privada, lo que genera más competitividad, baja de precios y permite que la gente tenga libertad de escoger qué productos culturales consumir.

¿Cómo defines el concepto de «calidad» en la cultura?
Es una tarea compleja. En este tema no quiero dar por cerrada ni zanjada la conversación, porque es muy pedante decir «Mira, nosotros vamos a privilegiar puros productos de calidad». Nuestro enfoque ahora está en medir qué impacto tiene un producto cultural que financiamos.

Lo que estoy entendiendo es que para ti la calidad se mide por el impacto transformador del producto cultural.
Exactamente.

¿Cuándo vas a hacer estas transformaciones de las que hablas? ¿Pasan por modificar el Fondart?
En el Fondart hay una cantidad de procedimientos jurídicos tremendamente engorrosos y difíciles. Por eso ha surgido esta suerte de industria informal de consultoras que cobran un porcentaje por ayudar a presentar bien los proyectos. ¡Es el absurdo más grande! Se llegó a un procedimiento que, de tan engorroso, no siempre premia a los mejores proyectos sino a aquellos que están mejor postulados. Además, y aprovecho de denunciarlo públicamente, hay gente de la cultura que está dedicada a esto. ¡Piratas del sistema que cobran un porcentaje de la plata que entrega el Estado para financiar proyectos culturales! Y ahí no es el producto cultural ni el público los que se benefician, sino un señor que padece de «formularitis» y que cobra por conocer los caminos del Estado para acceder a ciertos fondos. Éticamente, es lo más reprochable que hay.

¿Por eso quieres reformar el Fondart?
Hay mucho por corregir. El gran objetivo es que se premien los productos de mayor calidad e impacto en los públicos.

La cultura no es tan fácil de administrar como una carretera, tiene una dimensión política relevante. ¿Cómo enfrentas eso?
Estoy de acuerdo en que la obra no puede ser aséptica, en cualquier creación hay un contenido político. Y en eso el Consejo no tiene por qué meterse.

¿No?
No debe haber censura moral ni ética. Tenemos que promover el florecimiento de una cultura nacional artística, que nos dé valor agregado como país. Eso no es un sesgo ideológico por parte del gobierno y precisamente por eso se me puso a mí en este rol, y no a otro. Yo soy bastante liberal de cabeza.

El consumo cultural del ministro

¿Qué libros estás leyendo?
La historia de la locura, de Michel Foucault (tomo I). Terminé hace poco La elegancia del erizo, de Muriel Barbery; Chile Rumbo al Futuro, de Edgardo Boeninger; Culture and Economics, de David Throsby, y Arts & Economics. Analysis & Cultural Policy, de Bruce Frey. Hojeo permanentemente las obras completas de Shakespeare para no olvidar que todo esto no es más que una gran comedia.

¿Cuáles son las últimas películas que viste?
Esmeralda 1879 en el cine. En DVD, The killing of a chinese bookie, de John Cassavetes, y Blancanieves, de Walt Disney.

¿Dónde compras libros?
Amazon.com y las librerías Qué Leo, Feria Chilena del Libro, Antártica y Fondo de Cultura Económica. Cuando voy a Buenos Aires, Ateneo.

¿Qué libros sueles regalar?
Son muchos y depende de la persona a quien va dirigido. Algunos favoritos: El largo adiós, de Raymond Chandler; Cuarteles de invierno, de Osvaldo Soriano; Pastoral americana, de Philip Roth.

¿Te han ofrecido películas pirateadas desde que eres ministro?
¡Sí! La verdad es que ni ahora ni antes. Hay algo fascinante en la papelería e impresión original por la que prefiero pagar. Siempre he sido consciente del enorme daño que causa la piratería.

Parra, Neruda, Mistral, Huidobro o De Rokha. Elige un poema de tu preferido.
Difícil. Obligado elijo: Poema 6, del libro 20 poemas de amor y una canción desesperada (el de la mujer de la boina gris), de Pablo Neruda, y Los sonetos de la muerte, de Gabriela Mistral.

¿Qué películas extranjeras recomiendan sin parar?
Las dos inglesas y el amor, de François Truffaut; El pasajero y La noche, ambas de Antonioni; Network y Serpico, de Sidney Lumet; El conformista y El último tango en París, de Bertolucci; todo Elia Kazan, todo Hitchcock, todo David Lean, casi todo Godard, Won Kar Wai, Lynch, Scorsese, Ford Coppola. Y mil más.

¿Cómo es tu relación con internet?
Gozosa, permanente y dependiente.

¿Qué obras colgadas en la pared de tu casa miras con deleite?
Matilde Pérez, Matta, Vasarely, Fernando de Szyszlo, Carlos Leppe.

¿Fuiste lector de Papelucho? ¿Cuál es tu favorito?
Por supuesto. Papelucho y el marciano.

¿De los chilenos, qué libros te gustaría ver impresos en ediciones baratas, para que nadie se pierda la oportunidad de leerlos?
Me gustaría ver reimpresa la revista La familia (1890-93), editada por mi bisabuela Celeste Lassabe de Cruz-Coke, primera revista femenina chilena. Ella fue la segunda mujer en editar una novela en Chile. Sería bueno que existieran ediciones baratas de las crónicas de Joaquín Edwards Bello, de todo Benjamín Vicuña Mackenna, de los relatos costumbristas de Federico Gana y de las antologías de Neruda, Parra, Huidobro, Mistral y De Rokha.

¿Cuál fue la última obra de teatro que viste?
Noche de reyes, de Shakespeare, de la compañía Fiebre, en el lanzamiento de la Caravana de la Cultura en Tomé.

Tú cantabas. ¿De qué cinco discos nunca te desprenderás?
Alive I y II (1973-19977), de Kiss; Dont say no (1981) de Billy Squier; Traviata (1958),
de Verdi en su versión de Lisboa con Maria Callas y Alfredo Krauss; Pedrito y el lobo, narrado por Raúl Matas, y Friday night in San Francisco (1980), de Di Meola, MacLaughlin y Paco de Lucía.

¿Cuándo fue la última vez que cantaste en público?
Junto a unos niños en una escuela de canto lírico, de visita en Iquique.

¿Qué libros les compra a tus hijos?
Los de Anthony Browne, quien le hizo un dibujo a Tomás cuando vino este año. Los cuentos inmortales de Wilde, repletos de humanidad.

¿Cuál es tu sitcom favorita?
The big bang theory y Two and a half men.

Recomienda los sitios web de arte que más visitas.
www.eflux.com, artnews.com, artnowonline.com, artnexus.com, arteenlared.com, arteenlinea.com, arteallimite.com.

¿Sabías que existe, impartida en una universidad, la carrera de Diseño de videojuegos? ¿Cómo miras otras manifestaciones culturales que tienen escaso espacio en Chile, como el cine digital o los videoblog?
Hay que incorporar la tecnología como soporte, como medio de levantamiento de bienes culturales: iPad, e-Book, t-Book, todos deben ser considerados. La tecnología es un medio eficiente de transmisión de contenidos y de mejoramiento cultural.

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