Relatos melancólicos de la obra Werken

“Werken” es el proyecto del artista mapuche Bernardo Oyarzún, que representó este 2017 a Chile en la 57ª Bienal de Arte de Venecia. La obra muestra mil máscaras mapuche de madera (kollon) rodeadas de casi siete mil apellidos mapuche que se proyectan y circulan en luces led dentro de una sala oscura. La curaduría estuvo a cargo del también artista y ex ministro de Cultura paraguayo, Ticio Escobar. La editorial del boletín Yákush N°4 la escribe Bernardo Oyarzún.

Fui testigo de la sorpresa que causó Werken (mensajero) en la 57ª Bienal de Venecia este año, como un buen sortilegio, muchos espectadores reiteraban la misma presunción, todo un pueblo, de cualquier parte que vociferaban silenciados ¡aquí estamos! Como un súbito resumen transversal de varios, o más todavía, de todos los relatos ancestrales del mundo. La imagen era muy elocuente, más que nuestras propias expectativas apostadas en este proyecto. Todo parecía pertinente en ese lugar, como la iluminación de un linaje paradójicamente marginado, pese a su prontuario heroico, el más épico de la historia que doblegó el mundo retorcido de todo un imperio poderoso y filibustero, sobrevivió a las taxonomías categóricas y degradantes de occidente, pese a todo, está presente visualizando todo su poder estético y mágico que logra imponerse al escamoteado y a las patrañas de ocultamiento del Estado que hoy parece conformarse con esta derrota, con esto me refiero más allá del envío a la Bienal de Venecia, a toda la envestidura estética antropológica y contemporánea de un pueblo que está en un renacimiento notable de su ritualidad y prácticas ceremoniales, contenida simbólicamente en la gran escena de la obra con los kollong que hacen verosímil la otra imagen de Chile que no ha muerto,  negada mil veces desde su propia sangre y descendencia. La obra parecía negar también los acometidos propios de la bienal, contrastaba con los emprendimientos artísticos que parecían sumidos en un absorto baño de trivialidad y anestesia política, todo esto sólo me hacía pensar en el lugar de origen, en ese efímero lugar llamado Chile conectado con la levedad y la torpeza del mundo, de donde emergió esta obra con tanta fuerza reveladora y llena de melancolía. Pensaba en lo que nos hemos convertido, en un emprendedor pragmático a corto plazo que destroza todo lo primigenio; su cultura y su paisaje. La rudeza de origen llamado Chile finalmente levantaba con la misma fuerza algo de esperanza y una imagen conmovedora, esto es, drama en estricto rigor y una gran paradoja.

Una de las ideas tributarias de esta obra, que termina levantando una imagen actualizada de la cultura mapuche y que al paso del tiempo se ha ido transformando en una motivación de trascendencia histórica y política, es el augurio de un día iluminado por la evolución y el sentido común en donde Chile se declara a sí mismo como un país mapuche dada la condición hegemónica de este pueblo en su mixtura cultural y étnica, pensaba en las relaciones respetuosas con todos sus pueblos nativos y de todas las migraciones que colorean nuestra cultura local. Sin embargo, se vuelve una utopía rápidamente, cuando vemos lo lejano que estamos de esa fantasía. Finalmente la obra es una imagen auspiciosa que emerge de un lugar de raíces indígenas, que no lo sabe o lo ha negado con vehemencia, en este sentido, todos estamos bajo esa condición neófita después de un continuo vaciamiento de significados y conocimientos epistemológicos, se quedaron enredados en las trampas racionales y etnocéntricas de occidente. Pero la ansiedad de recuperar y la necesidad urgente de hacer algo, a lo menos bajo el espíritu de reconstrucción y cambio de paradigmas culturales se ve como un futuro promisorio.

Bernardo Oyarzún

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