Repertorio interpretado en los conciertos de Las Condes, Macul, Ñuñoa y Peralillo, bajo la conducción del director invitado Javier Logioia (Argentina), y la participación del solista Felipe Fuentealba (clarinete OCCh).
Gabriel Fauré (1845–1924)
Máscaras y bergamascas, Op. 112
Esta suite orquestal, estrenada en 1919, representa la culminación del interés del músico francés por el espíritu del siglo XVIII, influenciado por la estética de la Commedia dell’arte y la poesía de Paul Verlaine, de donde Fauré rescata el nombre de esta obra, que evoca personajes enmascarados (como el Arlequín) y las danzas rústicas de Bérgamo, en el norte de Italia.
Lejos de la monumentalidad de otros compositores de su época, Fauré opta por la sutileza.
La obra fue concebida originalmente como un divertimento escénico por encargo del príncipe Alberto I de Mónaco, era una obra más extensa que incluía partes vocales y canciones para tenor. En ella, Fauré recicla y revisa composiciones de su propia juventud, creando una atmósfera de melancolía luminosa.
Sus cuatro movimientos exhiben una orquestación ligera y transparente, donde la Orquesta de Cámara de Chile despliega toda la elegancia, el equilibrio y la gracia inconfundible del post-romanticismo francés.
A pesar de ser escrita al final de su vida, la música es alegre. Es un ejemplo destacado de la madurez artística del compositor, buscando la elegancia y la concisión sobre el romanticismo desbordado.
Julius Rietz (1812–1877)
Concierto para clarinete en sol menor, Op. 29
Rietz es una figura fundamental del romanticismo alemán. Amigo cercano, colaborador y sucesor de Felix Mendelssohn en la dirección de la Gewandhaus de Leipzig, su estilo compositivo viene directamente de esta tradición.
El Concierto para clarinete es una joya del repertorio para este instrumento. La obra exige al solista un virtuosismo impecable. Destaca por su lirismo profundo, especialmente en los registros más cálidos del clarinete, y por una estructura clásica que sostiene diálogos sumamente expresivos entre el instrumento solista y la orquesta.
Además de rescatar el patrimonio del romanticismo europeo, ofreciendo al público una obra de brillantez técnica y hondura emocional, la Orquesta de Cámara de Chile, brinda la oportunidad a su primer clarinete, Felipe Fuentealba, de asumir el rol de solista.

Sergei Prokofiev (1891–1953)
Sinfonía n° 1 en re mayor, Op. 25, «Clásica»
Escrita entre 1916 y 1917, en las vísperas de la Revolución Rusa, la Sinfonía Clásica de Prokofiev es uno de los primeros y más célebres manifiestos del neoclasicismo musical. El joven compositor se propuso un desafío: escribir una sinfonía tal como lo habría hecho Joseph Haydn si viviera en el siglo XX.
El propio Prokofiev dirigió a la orquesta el día del estreno, el 21 de abril de 1918, en la ciudad de Petrogrado, actual San Petersburgo. Pocos días después, el músico comenzaría una gira de conciertos por Europa y Estados Unidos.
Es una obra breve, dura unos 15 minutos, estructurada en cuatro movimientos tradicionales, pero impregnada del inconfundible sarcasmo y la vitalidad rítmica de Prokofiev. Las modulaciones armónicas sorpresivas, los saltos melódicos audaces y la efervescencia de sus tempos rápidos contrastan con la aparente simplicidad del formato. Esta sinfonía requiere de la orquesta una precisión técnica milimétrica y una agilidad extrema, cualidades que la convierten en un broche de oro vibrante y lleno de humor para el programa.
Comienza con un Allegro enérgico en forma sonata; le sigue un Larghetto melódico, con un tema principal de elegante melodía que es expuesto por los violines alcanzando las notas más agudas del instrumento; luego una Gavotte, cuyas sorpresas armónicas resultan para algunos oídos totalmente propias del siglo XX y para otros notablemente haydnianas; y un rondó Final Molto vivace con un brío claramente propio del siglo XVIII y una sonoridad inconfundiblemente propia del siglo XX.