Orquesta de Cámara de Chile
PUBLICADO EL 10 JULIO, 2026 Conciertos 1, 2 y 3 julio de 2026

Repertorio interpretado en Providencia, La Florida y Ñuñoa, junto a la directora invitada Jessica Cárdenas (Ecuador) y la solista Edith Fischer (piano).

Joseph Haydn (1732 – 1809)
Obertura de la ópera Armida, Hob. XXVIII:12

Compuesta en 1784, Armida es una ópera seria (catalogada como dramma eroico) basada en el poema épico Jerusalén liberada de Torquato Tasso. Esta obra se erigió como el trabajo lírico más exitoso y representado de Haydn durante su prolongado servicio en la corte del príncipe Nikolaus Esterházy, superando las cincuenta funciones en el teatro del palacio.

La obertura funciona como un brillante preludio orquestal que sintetiza el conflicto central del argumento: la tensión psicológica entre el deber militar del caballero cruzado Rinaldo y su apasionado amor por la hechicera sarracena Armida. Fiel a su maestría arquitectónica, Haydn no se limita a un mero ejercicio formal, sino que emplea marcados contrastes dinámicos. A través de pasajes marciales y enérgicos que representan el campo de batalla, en contraposición con momentos de sutil expresividad melódica que encarnan la seducción y la magia, la orquestación prepara anímicamente al espectador. La pieza es un testimonio del dominio de Haydn sobre los afectos y la tensión teatral en formato sinfónico.

 

Ludwig van Beethoven (1770 – 1827)
Concierto para piano N° 1 en Do mayor, Op. 15

A pesar de llevar el número uno en su publicación (editada en 1801), este concierto fue compuesto principalmente en 1795 y revisado hasta el año 1800, siendo en realidad el tercer ensayo de Beethoven en el género, tras un concierto de juventud no publicado y el que hoy conocemos como Concierto N° 2. La presente obra documenta los primeros años de Beethoven en Viena, cuando buscaba consolidar su fama no solo como un virtuoso tecladista, sino como un compositor capaz de desafiar las convenciones.

La partitura revela la innegable herencia estilística de Mozart y Haydn, pero al mismo tiempo expone la audaz y avasalladora personalidad beethoveniana. El primer movimiento (Allegro con brio) posee un carácter marcial y una rica inventiva rítmica; el segundo (Largo), inusualmente extenso y de una profundidad lírica conmovedora, emplea el clarinete para tejer un diálogo casi vocal con el piano; finalmente, el Rondo (Allegro scherzando) desata el característico humor rústico y vigoroso del autor. Para la interpretación de esta obra fundamental, la Orquesta de Cámara de Chile cuenta con la participación de la maestra Edith Fischer, eminencia de la interpretación pianística nacional, quien a través de su madurez artística abordará la exigencia técnica y la hondura expresiva de esta pieza.

 

Franz Schubert (1797 – 1828)
Sinfonía N° 5 en Si bemol mayor, D. 485

I. Allegro
II. Andante con moto
III. Menuetto. Allegro molto
IV. Allegro vivace

El programa concluye con una de las obras más luminosas y celebradas del repertorio temprano de Franz Schubert. Escrita en el otoño de 1816, cuando el compositor tenía apenas 19 años, la Sinfonía N° 5 es un evidente homenaje al clasicismo vienés. En junio de ese mismo año, Schubert había escrito en su diario: «¡Oh Mozart, inmortal Mozart! Qué innumerables impresiones de una vida más brillante y mejor has impreso en nuestras almas». Ese espíritu de adoración mozartiana empapa toda la obra.

A diferencia de sus sinfonías previas, esta pieza exige un contingente orquestal reducido, prescindiendo deliberadamente de trompetas, clarinetes y timbales. Esta instrumentación —idéntica a la primera versión de la célebre Sinfonía N° 40 de Mozart— otorga a la obra una textura íntima, transparente y de marcado corte camarístico, ideal para el formato de la Orquesta de Cámara de Chile.

La obra se estructura en cuatro movimientos que demandan un alto nivel de cohesión y delicadeza por parte de la orquesta:

El primero se aleja de las introducciones lentas y dramáticas. Inicia de manera inusual con cuatro compases de acordes suaves en los vientos, seguidos por una ágil cascada descendente en los violines. Este preludio casi susurrado da paso a un tema principal rebosante de gracia y ligereza primaveral. Schubert maneja la forma sonata con una fluidez melódica donde las transiciones se sienten completamente orgánicas y desprovistas de tensiones heroicas.

A continuación, en la tonalidad de Mi bemol mayor, se despliega el innegable don de Schubert para el canto lírico. Un tema sereno y expansivo es presentado por las cuerdas y luego dialoga con los vientos. Sin embargo, la voz romántica y madura del joven compositor se hace evidente cuando modula sorpresivamente hacia Do bemol mayor, introduciendo sombras armónicas y un tono introspectivo y melancólico que contrasta maravillosamente con la luz inicial.

A pesar de su nombre, este tercer movimiento tiene un carácter dramático y vigoroso, escrito en Sol menor. Es aquí donde la referencia al clasicismo, específicamente a la Sinfonía N° 40 de Mozart, se hace más palpable, con un pulso enérgico e inquieto. La tensión se disuelve temporalmente en el Trio central, un remanso de paz en Sol mayor que adopta el ritmo de un apacible Ländler austriaco (danza campesina), evocando un paisaje rústico.

El final retoma la tonalidad principal (Si bemol mayor) y devuelve el espíritu efervescente a la obra. Con un carácter vivaz y un ingenio rítmico que recuerda a Haydn, el movimiento se desarrolla a gran velocidad, exigiendo destreza y precisión. Schubert construye un clímax de gran brillantez orquestal, coronando la sinfonía con un cierre lleno de optimismo y vitalidad.